Paul Muguet





Tres suposiciones
Reseña de la XVI Bienal de Pintura Rufino Tamayo por José Manuel Springer (Crítico y Curador Mexicano)

(publicado en la columna de Facebook de José Manuel Springer el 24 de agosto de 2017)


Tres suposiciones

Supongo que la gente que asistimos a la XVII edición de la Bienal Tamayo, presentada en el Museo Rufino Tamayo la semana pasada lo hicimos con la intención de ver el proceso de transformación de la pintura como disciplina , materia y tradición.

Lo que emergió del conjunto de 53 obras y 51 artistas es algo pasmoso, que crea sorpresa en dos sentidos opuestos: una, el anclaje de cierto tipo de pintura en los géneros ya conocidos, principalmente el paisaje urbano de zonas deprimidas (entre ellos el premiado Edgar Cano), algo que estuvo en boga en la fotografía hace dos décadas, y dos, la expansión de la pintura no figurativa en torno a la práctica del color, el soporte y los aglutinantes fabricados a base de resina sintética.

La contraposición de ambas vertientes podría llevarnos una segunda suposición: que el jurado está inclinado hacia la narrativa paisajista mimética, basada en la imagen digital, y que los nuevos valores de la pintura la sitúan en la investigación de los procesos del color resultado de situaciones y tradiciones heredadas de las artes aplicadas o el diseño. Como muestra, les recomiendo vean la pintura de Paul Muguet, pintor estudioso de los emblemáticos sarapes de saltillo, que por cierto están inspirados en los atardeceres del desierto. Lo de Muguet es lo más fuerte de ese segmento no objetual de la exposición, una pintura que es difícil de ver y con la que sería difícil coexistir, por el brillo de los colores y la proximidad de sus contrastes tonales. Sin embargo, la obra en la que recayó el premio por su solución técnica fue la de Francisco Valverde, Monday Afternoon, que formalmente es muy similar a la de Muguet, pero su empleo de un material más industrial resultó para el jurado más merecedor del galardón, quizá por su autonomía como obra pictórica.

En contraposición está una pintura que es sutil, de colores apagados y elegante composición, basada en temas de la vida cotidiana rural, como la acuarela sobre papel Refugio, comedor y letrina, del tapatío Humberto Ramírez. Aquí hay un valioso ejemplo de una técnica tradicional con una temática social y crítica del entorno cultural. En ese sentido de recuperación de lo cotidiano e inmediato, también está la obra El Ombligo de la Reina, de la sudcoreana Kim Young Sun, radicada en nuestro país y colega mía de la Esmeralda. Digno de mejor suerte por su experimentación formal y temática es el tríptico de Víctor Sulser, Indio y paisaje mexicano, una fisión de elementos autóctonos y recuperación de la formalidad estridentista.
Del otro lado está la pintura espacial, donde las figuras ocupan un lugar cuasi escenográfico que resulta tan importante como fondo que como tema. Supongo, va mi tercera apuesta, que el fenómeno de la digitalización de la cultura apabulla a los pintores, que intentan por los medios manuales a su alcance imaginar realidades alternas y otras dimensiones de la pintura vanguardista (vean el sobrio paisaje metafísico de Samuel Meléndez, de Guadalajara, y el desvelado transvanguardismo del premiado Montañas de Cenizas, concedido a Rafael Soto Barbosa).

Los resultados de la bienal son como un conjunto de voces plano, donde destacan algunas voces por la factura tan dedicada (¿habrá llegado el fin de la mala pintura?) pero hay mucho de re-make de la imagen digital y de la estética moderna, sin una voz que destaque en el conjunto seleccionado.

José Manuel Springer
agosto 2017